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El Muni

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Un padre, guineano de la Guinea Ecuatorial y su lata de atún (Revisado)

Publicado en 21 Junio 2018 por Bokung Ondo Akum in narraciones

Un padre, guineano de la Guinea Ecuatorial y su lata de atún (Revisado)

 

Este era un guineano de los de la Guinea Ecuatorial. Un padre de familia, "felizmente" casado. La fertilidad de su esposa y la buena disposión de éste les había proporcionado una descendencia de siete hijos, de entre los que habían tres niñas.

 

El hombre se sentía tan estresado y agobiado por su familia, por sus hijos que a penas comía a su gusto. Todo lo que le servía su esposa ya nunca saciaba su hambre voraz. Se le llegó a complicar la vida en su propio hogar que nuestro hombre ya empezó a comer a escondidas, fuera del conocimiento de su esposa y de sus hijos. Es que cada vez que se ponía a la mesa se sentía invadido y robado por sus propios hijos.

 

Con el paso del tiempo el hombre llegó a perder su peso óptimo, su talante alegre y su afable sonrisa. Su mujer que era muy trabajadora y dicharachera hacía todo lo posible para que no faltara nada que llevarse a la boca en su casa. Eso sí, su mayor preocupación era que sus hijos no pasaran hambre; por lo que tenía a su esposo casi como de lado.

 

Su necesidad por sacar adelante su familia a penas le dejaba tiempo para ocuparse de sus deberes matrimoniales. A penas hacía el amor con su marido. Éste cada vez más dezplazado por sus hijos, a su vez se iba también distanciando de su mujer.

 

La mujer de nustro hombre, al parecer, no se percataba de la situación de deterioro de su marido, quien por momentos iba perdiendo su natural encanto.

 

Nuestro hombre era pescador, recolector y trampero. Así es que un buen día decidió saciar su hambre crónica comprándose una lata enorme de atún de dos kilos y medio. Dispuso comérsela cuando fuera a revisar y comprobar sus trampas, por si habría capturado alguna pieza.

 

Como si se tratara de un secreto muy íntimo, el padre de familia, guineano de la Guinea Ecuatorial, puso su lata de cerca de cuarenta centímetros de diámetro en el fondo de su viejo petate; luego fue colocando encima diversos aperos y su vieja ropa de faena. Le confió a un amigo su petate sin hacer ninguna mención a la lata de atún que tenía metida en el fondo; no vio necesario informar a su amigo sobre ese detalle. Cualquier desliz por su parte podría dar al traste con sus planes.

 

Lógicamante la lata llevaba el acompañamiento con el que se la comería nuestro desnutrido padre. De esa guisa se aseguró también de colocar en el fondo del petate unos siete bastones de pasta de yuca cocida. Estaba tan contento y ansioso que apenas podía conciliar el sueño, velando a que llegase el día en que tenía que ir a por sus trampas cuales se encontraban a un par de millas del pueblo.

 

LLegado el día señalado, nuestro hombre salió de madrugada de su casa al primer canto de gallo. No hacía falta despedirse de nadie porque eran sabidos por todos los miembros de su familia los días que el padre tenía marcados para irse de trampas.

 

Recuperó su petate en el lugar convenido con su amigo. El amigo, todavía con las legañas en los ojos se despabiló tras sobresaltarse de su gergón a los cuatro golpes que el padre hambriento dio aporreando prácticamente la puerta al despertarle; al guineano de la Guinea Ecuatorial hambriento le bastó sopesar la mochila para tener concluída la inspección y asegurse de que todo iba en orden.

 

Se colgó la enorme mochila al hombro. Nuestro hombre caminó con pasos apresurados; quería aprovechar el frescor mañanero para atravasar las montañas detrás de las cuales tenía ubicadas sus trampas para animales, en un valle muy frondoso.

 

Después de tres horas de caminata el padre hambriento llegó por fin al sitio señalado. Antes de pasar revista a sus trampas se sentó debajo de un gran Okume. Ya previamente había cortado anchas hojas de un platanal cercano a su tránsito; las extendió bajo el Okume, abrió su petate tirando del nudo tipo lazo con el que lo cerraba, extrajo el contenido de su interior.

 

El hombre esparció los bastones de yuca sobre las hojas de plátano, luego extrajo un gran cuchillo de su cinto, un cuchillo de dos filos, uno de los filos estaba dentado. Clavó la punta del cuchillo sobre el latón y empezó a abrir la enorme lata.

 

Abierta la lata de atún, nuestro padre desnutrido se puso a zamparse su manjar preferido, con una voraciad tal que un buen reguero de aceite se le iba cayendo al pecho y del pecho al suelo. Se quedó extasiado y exhausto, respirando aparatosamente después de remojar la yuca en el poco aceite que quedaba en la lata. Tomó de postre dos papayas y cuatro bananas. El papá hambriento se chupaba los dedos con frenesí.


 

Dosel de la selva tropical africana.- El Muni.
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Después se secó las manos con los faldones de su ancha camisa; agarró la garrafa de agua y se tragó casi la cantidad de un litro. Luego se arrastró, no sin esfuerzo, en un breve tramo con el culo pegado al suelo apoyándose de espaldas a la base de aquél enorme Okume.

 

Después de comerse todo el contenido de la lata; luego,  a nuestro hombre le entró un devastador sopor tal que se quedó de inmediato dormido y boquiabierto. Empezó a roncar con la boca abierta mientras una mezcla de aceite y saliva se le escurría por la comisura de los labios, deslizándose por su pecho y barriga hacia las hojas de plátano tendidas en el suelo.

 

En ese estado de abotargamiento, la lengua casi colgando de la boca, la cabeza ladeada y el señor sumido en el sueño más profundo, ni se enteró de la visita de una legión de hormigas asesinas.

 

Siguiendo el olor las hormigas dieron con el rastro material del aceite. Las espabiladas hormigas se guiaron en tromba hacia la boca, los ojos, los oídos y la nariz del hombre, bloqueándole las vías respiratorias. Tomaron posesión de aquél cuerpo inerme.


 

Un padre, guineano de la Guinea Ecuatorial y su lata de atún (Revisado)

Pasaban los días y el hombre no regresaba junto a su familia. Así es que después de tres semanas sin dar señales de vida ni aparecer por su casa, le dieron por desaparecido.

 

En el pueblo se organizaron los vecinos y amigos en batidas para encontrar al desaparecido. LLegados al escenario del asesinato hormiguero, a penas pudieron encontrar una osamenta descompuesta. Eso sí, reconocieron al finado por sus pertenencias, sus botas, su cuchillo de dos filos, la lata de atún vacía y su petate.

 

 

Bk

 

El Muni

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Olga Gonzlez 01/14/2015 09:13

Pobre hombre, con todo tipo de hambre, y nada más satisfacer una de ellas y vean con lo que se encuentra!!!! ¡yo si que le encuentro la moraleja!!!

Remigio Nguema Oyogo Nzang 01/13/2015 00:34

hola. increible el cuento. su contenido llama mucho la atencion del lector con una redaccion adecuada para casi todos los niveles. me ha gustado mucho. solo que deberia haber una moraleja por debajo. haber si aprendemos de las experiencia literales.