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Sucesos insólitos en el corazón de África - África profunda - Información alternativa - Narraciones románticas - Ideas - Pensamientos - Opiniones - Punto de vista El Muni - Las Américas - Amistades - Derechos Humanos - La Mujer ayer y hoy  - Política - Sociedad - Religión - El ser humano -  Mundo cosmopolita - Salud - Educación - Ciencia - La Historia - Música - Lucha por las libertades -... [Busque su tema seleccionado con la lupa, en las etiquetas, en archivos, en las páginas (según año y mes de publicación)]

El Muni

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11. La chica de Bata.

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11. La chica de Bata.

 

La villa de Bata amanecía bajo una lluvia torrencial. Tenía previsto ir a recoger a la chica de Bata del domicilio de una tía suya.

 

La mujer había pasado el fin de semana con su tía, y esperaba que me fuera a su encuentro. Pero, cuando vio que estaba lloviendo tan intensamente, le entró la misma preocupación que a mí.

 

Temía como yo que no fuéramos a estar juntos ese día por culpa del mal tiempo.

 

Mientras estaba yo pensando qué hacer, a la misma hora, la chica de Bata se estaba poniendo un impermeable, al tiempo que su tía le hacía entrega de un paraguas que ella rehusó llevar consigo.

 

¿Por qué demonios iba yo a pasar el día en solitario sin la chica de Bata por culpa de la lluvia?

 

Lo que me separaba de ella no era mucho, esa distancia se podía recorrer en menos de sesenta minutos. Ante esa perspectiva, resolví salir de casa como fuere, aunque la lluvia pasara de torrencial a diluvio universal; simple y llanamente, quería estar con ella, tenía que estar con ella; la necesitaba.

 

Me puse un sombrero de ala ancha, unas botas de goma y, posteriormente, un impermeable. Un paraguas bajo el brazo siempre me ha resultado incomodo a la hora de salir, aunque estuviera lloviendo.

 

Salía yo de casa cuando una gigantesca ola empujada por fuertes vientos procedentes de las islas Santo Tomé y Príncipe y Annobon venía a morir en la mismísima plaza de la Libertad de Bata.

 

El viento me impedía caminar con celeridad, puesto que iba con los brazos cruzados sobre mi regazo, para mantener sujeto el impermeable a mi cuerpo.

 

Como pude, fui sorteando las calles de Bata hasta que, después de mi ascenso de la cuesta que lleva a Todo por la Patria, virando por la derecha, dirección Mbangan, una figura, una silueta, en la bruma de la lluvia, se dibujó en mi campo de visión. Era la chica de Bata.

 

La mujer, sin saber exactamente cómo me reconoció, levantó la mano y empezó a gesticular llamando mi atención.

 

Me puse a correr como un condenado al encuentro de la mujer que me estaba esperando bajo la cornisa de un edificio que no le protegía a penas del chaparrón.

 

La chica de Bata me abrazó. Nuestros cuerpos entraron en calor en ese breve instante; luego, salimos del lugar abrazados, sin importarnos si éramos los únicos a quienes les daba igual que un cataclismo fuera a tragarse la ciudad de Bata en cualquier momento.

 

Contra todo pronóstico, mientras caminábamos, la chica de Bata se quitó el impermeable ante mi atónita mirada, lo colgó del brazo izquierdo y se quedó con una fina blusa blanca que resaltaba su femenino busto.

 

Vi claramente en el gesto de la chica de Bata una clara invitación a tomarnos a diversión aquél día lluvioso. Así fue que me bastó su mirada en la mía para captar el mensaje.

 

Hice lo propio quitándome a continuación el impermeable. Lo colgué en mi brazo derecho.

 

Nos cogimos de las manos que nos quedaron libres y salimos saltando y correteando bajo la lluvia como dos niños que iban al encuentro de un regalo.

 

No sabría describir aquellos momentos alegres. Espléndida la chica de Bata, tiraba de mí como si fuera la hermana que le iba a dar una agradable sorpresa a su hermano. ¡Cuánta ternura!

 

En nuestro recorrido, a menudo de cada tramo, parábamos, nos abrazábamos; su rostro y el mío, los dos bajo el sombrero de ala ancha que llevaba yo en la cabeza, su mirada absorbiendo la mía hasta que cerraba los ojos; no me quedaba otro camino que su boca para alojarme en su alma, el único lugar que me libra de los miedos y las inquietudes del mundo: un beso, mi boca hundida en la suya.

 

Ese calor, su pecho en mi pecho; mis brazos rodeando su cintura, sus manos en mi cuello: dos almas fundidas en una pasión sin patrones ni reglamentos, perdida la noción del tiempo, existíamos solo para nosotros.

 

¿Cómo podía yo vivir sin la chica de Bata?

 

Alcanzamos la entrada a mi vivienda y se hizo tarde. La ciudad de Bata nos acogió una vez más en su seno. Rayos y truenos sacudieron los cielos batenses. Los alisios y contralisios se fundieron en una lucha de titanes mientras monte Bata se partía en dos como si se partiera una tarta nupcial en dos, justo cuando mi amor ultrajaba los santos lugares de la inefable hermosura de Bata.

 

 

 

Bk.

 

 

 

 

El Muni

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