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Sucesos insólitos en el corazón de África - África profunda - Información alternativa - Narraciones románticas - Ideas - Pensamientos - Opiniones - Punto de vista El Muni - Las Américas - Amistades - Derechos Humanos - La Mujer ayer y hoy  - Política - Sociedad - Religión - El ser humano -  Mundo cosmopolita - Salud - Educación - Ciencia - La Historia - Música - Lucha por las libertades -... [Busque su tema seleccionado con la lupa, en las etiquetas, en archivos, en las páginas (según año y mes de publicación)]

El Muni

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9. La chica de Bata.

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Dos semanas antes de que emprendiera aquél viaje, estuve rogando a la chica de Bata a que no se fuera sin mí, que me esperara para que fuéramos juntos.

 

Insistió la mujer que no pasaría nada, que ya me reuniría con ella cuando terminara yo de cerrar el trato que tenía pendiente con un retratista; el dibujante tenía que hacernos un retrato de tamaño real. La chica de Bata y yo, teníamos que posar juntos para nuestro recuerdo.

 

Yo, al final, cedí. Dejé que la chica de Bata se fuera, que ya me reuniría con ella más adelante cuando hubiera terminado lo que tenía pendiente.

 

Si yo me iba de la ciudad, el retratista llegaría en nuestra ausencia y quedaríamos como unos mal queda si no nos encontraba como habíamos acordado.

 

Desde que se fuera la chica de Bata, al principio, hablábamos por teléfono todos los días, con una frecuencia de seis a ocho llamadas por día, y aun con todas esas llamadas, nos costaba una barbaridad despedirnos y cerrar la línea; tanto era así que pasábamos un buen rato pregúntanos, ¿cuelgas tú o cuelgo yo?

 

Cariño, ¿sigues ahí? Dime algo, ¿no tienes ganas de cortar, verdad?, te quiero, te quiero..., decía ella.

Y yo le preguntaba, ¿mucho, mucho, mucho, mucho?

Y ella respondía, ya lo sabes cariño.

9. La chica de Bata.
 

 

 

A medida que pasaban los días y no llegaba el dibujante, mi reencuentro con la chica de Bata se iba alejando cada vez más en el tiempo, tanto que nuestras ganas por estar juntos incrementaban como en una progresión geométrica.

 

Cada dia que pasaba, cada noche en vela, sin la chica de Bata, era casi un martirio.

 

Nuestra dependencia al teléfono por estar conectados era como del alvéolo pulmonar al oxígeno, casi obsesiva.

 

Parecía que me iba a morir asfixiado si la chica de Bata no me oxigenaba día y noche, bien a través de la fibra óptica, bien a través del teléfono móvil.

 

Las escasas horas que no estábamos en línea resultaban ser tan angustiosas y pesadas que optamos por no apagar más el teléfono hasta que me fuera a reunir con ella.

 

Así estuvimos las veinticuatro horas del día conectados por teléfono en todo el tiempo que demoré en reunirme con la chica de Bata.

 

En todo momento, tanto la chica de Bata como yo, sabíamos la una lo que hacía el otro y viceversa, así como dónde estabamos en cada instante.

 

Yo sabía y me enteraba cuando la chica de Bata entraba en el cuarto de baño, cuándo se desnudaba, cuándo se metía bajo la ducha, el chorro de agua, como una suave cascada rociando su lustrosa piel suave de mujer. Yo lo escuchaba todo como ella hacia otro tanto.

 

Me hablaba prácticamente de todo, a veces, sin necesidad de decir nada, pues estaba conectado a ella como ella a mí por teléfono.

 

De vez en cuando emprendíamos una conversación de manera espontánea. Siempre teníamos algo que decirnos.

 

Salvo las obligaciones de cada uno, nuestras charlas eran como las epopeyas nacionales que no tienen un final claro; habían desterrado el aburrimiento, la desidia y el astío.

 

Nos íbamos al mismo tiempo a la cama. Si ninguno de los dos se había cepillado los dientes antes de dormirnos, la chica de Bata escuchaba desde su móvil el roce del cepillo contra mis dientes, como yo le oía enjuagarse la boca.

 

9. La chica de Bata.

A veces me voy a la cama después de un buen colacao, y si todavía no me lo había tomado, desde el otro lado de la línea telefónica, la chica de Bata me decía, como un susurro al oído, tranquilo cariño, te espero.

 

- Ya estoy cariño, le decía yo después de que me tomara el colacao.

- Estoy lista mi niño, me decía la chica de Bata desde el otro lado de la línea de teléfono.

 

Y cuando decía estoy lista, significaba que ya nos metíamos en la cama.

 

A continuación hablábamos de cosas varias a medida que nos iba venciendo paulatinamente el sueño; la línea telefónica se iba inundando de besos tal que tenía yo la sensación de que nuestros besos viajaban hasta los confines del mundo a través de la red telefónica mundial.

 

En lugar de la contaminación industrial, el éter, la estratosfera y todos los satélites de comunicación esperaban nuestros besos para irradiarlos por el resto del planeta.

 

La respiración pausada y suave de la chica de Bata llegaba a mis oídos cual deliciosa armonía interplanetaria; las vueltas, cada vuelta que daba en la cama, el roce suave de las sábanas con su cuerpo, ese cuerpo que me imaginaba sin pijama y, yo, como si estuviera abrazado a ella por el lado de su espalda,  los nudillos de mi mano izquierda acariciando su ombligo.

 

A la mañana siguiente, si uno de los dos tardaba en despertar, o la chica de Bata o yo, apagábamos el teléfono para llamar de nuevo, aprovechando que el timbrazo me despertara a mí o bien despertara a la chica de Bata.

 

Como si hubiésemos pasado la noche juntos, nos dábamos el beso de los buenos días, una y otra y otra vez, y empezábamos el nuevo día; así, todos los días, hasta que sin esperármelo llegó el retratista.

 

Entonces, la chica de Bata me dijo: cariño, mañana eres mío enterito. Le di un beso que la línea telefónica le hizo llegar en fracción de segundo.

 

 

 

 

Bk.

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