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Sucesos insólitos en el corazón de África - África profunda - Información alternativa - Narraciones románticas - Ideas - Pensamientos - Opiniones - Punto de vista El Muni - Las Américas - Amistades - Derechos Humanos - La Mujer ayer y hoy  - Política - Sociedad - Religión - El ser humano -  Mundo cosmopolita - Salud - Educación - Ciencia - La Historia - Música - Lucha por las libertades -... [Busque su tema seleccionado con la lupa, en las etiquetas, en archivos, en las páginas (según año y mes de publicación)]

El Muni

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Aquél día, escondí mi arma reglamentaria en los bajos de la cama de mi madre.

De cuando silve la bala desde el otro lado...

Aquél día, escondí mi arma reglamentaria en los bajos de la cama de mi madre.
Para algunos, y digo bien, algunos; para algunos, el estar en posesión de un arma, tiene esa cosa como que el trabuco les confiriese poder sobrehumano; bueno, eso, siempre y cuándo no hubiera nadie en frente blandiendo el equiap.
 
Recuerdo, por recordar, de cuando el ocaso del antiguo régimen, algún individuo de los que conjuraban al mal de la libertad contra cataclismos por cielo, tierra, mar y aire decía: "yo me tiro al mar, si esto acaba en algún momento, porque es mi vida y mi verdad".
 
En la época, hasta el maestro franqueaba armado la puerta de su clase, nada distinto al cicariato vigente en la Ecualandia de hoy.
 
El día D y la hora H, en el minuto M, llegaron inexorablemente como todo trae el tiempo en la vida, cuando un teniente del entonces ejército ecualandés le vino a recordar al maestro que su hora de tirarse al mar había llegado.
 
¿Qué significaba eso, exactamente?
 
Otra persona se acercaba al domicilio del afiliado prócer, Simonov en ristre, para recordarle al acérrimo su promesa de tirarse al mar, si aquél régimen llegaba a su ocaso.
 
Por lo que recuerdo, muchos acérrimos abandonaron sus armas reglamentarias en los bajos de las camas de sus madres; el maestro de lealtad inquebrantable no se tiró al mar, por mucho que la punta de cañón del fusil de fabricación soviética le estuviera violentando las cervicales...
 
Me gustaría saber porqué aquél hombre no tuvo el valor de enfrentarse a su propio desafío...
 
De la noche a la mñana, las calles se hicieron intransitables para todos los acérrimos.
 
Es más, los soberbios se volvieron mansos, humildes y con una cagalera de mil diablos; ¿saben ustedes por qué?
 
 
 
En frente, había otros que blandían armas.
 
 
 
 
 
Fuente: Bk
Edición: Bk
 
 
El Muni.