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Sucesos insólitos en el corazón de África - África profunda - Información alternativa - Narraciones románticas - Ideas - Pensamientos - Opiniones - Punto de vista El Muni - Las Américas - Amistades - Derechos Humanos - La Mujer ayer y hoy  - Política - Sociedad - Religión - El ser humano -  Mundo cosmopolita - Salud - Educación - Ciencia - La Historia - Música - Lucha por las libertades -... [Busque su tema seleccionado con la lupa, en las etiquetas, en archivos, en las páginas (según año y mes de publicación)]

El Muni

Sucesos insólitos en el corazón de África - África profunda - Información alternativa - Narraciones románticas - Ideas - Pensamientos - Opiniones - Punto de vista El Muni - Las Américas - Amistades - Derechos Humanos - La Mujer ayer y hoy - Política - Sociedad - Religión - El ser humano - Mundo cosmopolita - Salud - Educación - Ciencia - La Historia - Música - Lucha por las libertades -... [Busque su tema seleccionado con la lupa, en las etiquetas, en archivos, en las páginas (según año y mes de publicación)]

Vivir con un polígamo: 'Mamá, tengo novio, es negro, tiene otras dos mujeres y me voy a casar con él'.

La española Sonia Sampayo es una de las tres mujeres del senegalés Pap N’Diaye. Ella vive en Madrid y él a medio camino entre Europa y África. Esta es su historia.

 

 

"Así son los africanos”. Una mesa acaba de quedar vacía y la ocupamos. El barullo en torno al último café de la mañana ensordece el diálogo. La barahúnda que inunda el local procede de la agitada tertulia de un grupo de más de 20 subsaharianos. La mayoría, originarios de Senegal.

 

Muchos residen en el madrileño barrio de Lavapiés, donde conforman un pequeño pedazo de Touba, la segunda ciudad de aquel país. “¡Sonia!”, la requieren cuando entramos. Esa familiaridad sugiere que es asidua al lugar, de las pocas blancas que lo frecuentan.

 

Hay quien pregunta por Pap. “En Senegal”, responde rascándose la garganta al pronunciar.

 

Sonia Sampayo, bailarina, 35 años, licenciada en Ciencias Biológicas, es autora de varios libros sobre las posibilidades curativas de la danza; de niña, suspendía la gimnasia. Años después encontró en el ballet una palanca de desarrollo, un paliativo a sus obstáculos y temores.

La bailarina española Sonia Sampayo,  tercera esposa de Pap N’Diaye.- El Muni.
La bailarina española Sonia Sampayo,  tercera esposa de Pap N’Diaye.- El Muni.
La bailarina española Sonia Sampayo,  tercera esposa de Pap N’Diaye.- El Muni.

La bailarina española Sonia Sampayo, tercera esposa de Pap N’Diaye.- El Muni.

 

 

“Estoy segura de la relación que existe entre la emoción y el cuerpo”, insiste al tiempo que ladea la cadera en busca de asiento.

 

 

Otras dos mujeres

Pap, su marido, pasa largas temporadas en Senegal. Cuando esto sucede, la angustia trepa en su sistema nervioso hasta agarrotarlo. Primero fue el reúma en su infancia, luego vinieron leves quejidos en lo más bajo de sus extremidades ya en la adolescencia y, ahora, como la manifestación más reciente, la voz que afónicamente se le agota.

 

En 1996, Sonia Sampayo sumó un capítulo de peso a su biografía. Contrajo matrimonio con un percusionista senegalés: “Mamá, tengo novio, es negro, tiene otras dos mujeres y me voy a casar con él”.

 

De pequeña, Sonia aprendió que la falta de movimiento enferma y que buscarlo cura. “Es cuestión de dirigirlo bien”, receta. “El ballet me desperezó el cuerpo, pero fue el cuerpo el que no me permitió evolucionar en él”, explica sin ser preguntada.

 

“Tuve que dejar las zapatillas de puntas. Era muy duro para mí; busqué otras fórmulas, otros estilos más amables con mis condiciones”, cuenta.

 

Y así es que llegó hasta Pap: “Por necesidad física”. Pap N’Diaye, percusionista senegalés, 43 años, casado en tres ocasiones, polígamo. Desembarcó en Europa persiguiendo el éxito. De reconocido prestigio en Louga, su ciudad natal, y miembro de una de las castas de músicos más conocidas del país, el escenario se le quedó pequeño.

 

Al tiempo, la familia aumentaba de manera exponencial. Acababa de contraer matrimonio con su segunda esposa, Fama Diouff, y de él ya dependían su primera mujer, Kine Seck, y los dos hijos de ambos. Kine quedó embarazada de nuevo de Daro y, al poco, Pap partió para España.

 

Asomaba 1996. Por recomendación de algunos profesores, Sonia comenzó a recibir clases de danza africana.

 

Como parte de un mismo todo, frecuentó a algunos griots –“somos los que transmitimos la cultura de generación en generación con nuestros tambores, nuestros cantos y nuestros bailes”, según la definición que ofrece Marem N’Diaye, la hija mayor de Pap, en la película documental Princesa de África (2008), un tributo a la pareja y obra del jovencísimo director de cine Juan Laguna (Madrid, 1980).

 

“Y ahí estaba el hermano de Pap, tocando; el primer senegalés que conocí”, se sonríe al tiempo que levanta los ojos -maquillados en kohl- como para subrayar en rótulos grandes su felicidad. “Pap no es capaz de medir todo lo que me ha enseñado de él, de mí misma y de las personas”.

 

Así es que la suya no es una historia a la que se haya visto abocada por las circunstancias, sino que, como bien remarca en una entrevista, su matrimonio es una decisión meditada y madura.

 

“Cada mañana que me levanto, elijo; elijo estar con él, vivir así, crecer a su lado”, sostiene decidida. Louga, Senegal, 1996. “Mi primer viaje; yo voy a regresar siempre a ese hermoso lugar de África, me lo prometí”.

 

Sonia acompañó a Ass, el hermano menor de Pap, en uno de los talleres prácticos que el senegalés impartía en la ciudad. “Te alojas con una familia de griots: desayunas al lado de los tambores, ayudas a preparar la comida, respiras su arte, son más que unas clases”.

 

 

Una historia de película

Años después, el director Juan Laguna participó en otra edición de los cursos. Amante de la percusión étnica –dirige también el festival Berebería-, así fue que se enamoró de Louga, de los griots, de Pap y Sonia, de su relación, de Fama, de Kine, de Marem, del contexto de esta pareja a cuatro que inspiró una película que la crítica se empeña en calificar de documental y él insiste en llamar “historia”.

 

“Pap estaba en Europa”. La futura pareja realizó la travesía en el anverso y reverso de una misma moneda. Sonia quedaba prendada de Senegal y Pap inspeccionaba España con la cabeza puesta en el retorno. “Morirá allí, no se lo perdonaría a sí mismo; sé que un día, para el que aún queda tiempo, se irá”.

 

Hace dos años que Pap N’Diaye construye una nueva casa en Louga. La familia crece y la que ocupan ahora comienza a resultar insuficiente. Marem no lo entiende.

 

Le gusta la que tiene y piensa que siempre hay espacio para uno más. Sonia, en cambio, observa el proyecto con cierta amargura. Para una mentalidad judeocristiana, produce escalofríos el convencimiento con que esta mujer, de aspecto y voz frágiles, describe la situación.

 

“En la madurez, Pap ha entrado en un nuevo proceso –informa–. Necesita cosas concretas, ver que su vida se materializa”. En el día a día de la pareja son muchos los pasos que Pap da para lograrlas.

 

Entre éstos pasos, sus continuos y prolongados viajes a Senegal. “No pasa nada porque se vaya”, asiente Sonia. “Pero otra vez miras hacia delante –continúa– y sabes que son dos o tres meses fuera”.

 

Es aquí cuando su voz se quiebra, permitiéndose una explicación: “Es que siempre coincide con los momentos en que podemos bajar el ritmo, estar tranquilos, compartir un poco más de intimidad”.

 

En lengua wolof, el dialecto mayoritario de Senegal, dikatt viene a decir regreso. Dikatt da también título al espectáculo de danza que Sonia Sampayo compuso al calor de su vida con un hombre polígamo.

 

“¡Una vomitera de todo lo que he llevado años dentro!”, se desternilla. Y es que esta mujer corona casi todo con una sonrisa. La obra se estrenó en Senegal durante un festival local, con ella como estrella invitada.

 

En la primera parte, Sonia y siete de sus alumnas de baile africano ocupan el escenario envueltas en vaporosas telas. Según descifra la autora, personifican la calma chicha de un mar que, poco a poco y según avanza la composición, se convierte en arena.

 

“Yo tengo muchos momentos de silencio, como en el desierto –compara–, porque no puedo hablar, porque me quedo sin voz”. Pap, con quien comparte protagonismo, entra en plano durante la segunda parte de la coreografía. Toca el tama, que en lengua wolof significa tamborcito parlante.

 

“¿Quién iba a entenderlo?”, se reprende. “Yo era la afónica y él llegaba con su tamborcito parlante”. “¿Quién iba a entenderlo?”, repite. “Pap nunca se plantea que me está ayudando, pero no sabe cuánto lo hace”. Esta es una virtud, según Sonia, que lleva a gala todo Senegal.

 

“Hay un ambiente de paz en sus gentes, la solidaridad se da de por sí”. Cobra sentido la frase con que Sonia recibió la amabilidad de aquel parroquiano que le sugirió cambiar de mesa en el Touba Lamp Fall: “Así son los africanos”, dijo.

 

 

La primera esposa

Kine Seck, senegalesa, 35 años, ama de casa, cinco hijos, la primera esposa de Pap N’Diaye. “Con ella son dos cosas: solidaridad y rivalidad”, comenta Sonia. “Existe un poso de complicidad, entiendes lo que pasa”.

 

¿Pero? “Pero tú estás queriendo ser la primera, tenerlo todo”, desembucha. “Deseas cosas e intentas conseguirlas porque es tu necesidad, pero eso no significa que no comprendas lo que sucede”, ajusta.

 

 

Conciencia corporal y fortalecimiento muscular, Sonia Sampayo.- El Muni.
Conciencia corporal y fortalecimiento muscular, Sonia Sampayo.- El Muni.

Conciencia corporal y fortalecimiento muscular, Sonia Sampayo.- El Muni.

Vivir con un polígamo: 'Mamá, tengo novio, es negro, tiene otras dos mujeres y me voy a casar con él'.

“Ahí está sin embargo –apunta– la capacidad del ser humano de adaptarse para alcanzarlas”. Y de encararlo “desde el mayor respeto posible, aunque a veces la víscera pueda más”. “Cuando Pap deje de viajar –concluye tajante su segunda esposa– Sonia tendrá que venir aquí y preparar la comida como todas”.

 

Fama Diouff, senegalesa, 24 años, ama de casa, dos hijos, Papi y bebé Kine. Supo del nuevo matrimonio de su marido por la llamada telefónica de un tercero. “Y, aun así, tú me lo seguías negando todo”, le recrimina en una de las secuencias de Princesa de África.

 

En respuesta, Pap bromea sobre la poligamia en un lenguaje que según para quién podría resultar chocante: “¿Quieres que me busque una cuarta mujer? –pregunta–. La religión me lo permite”, advierte con una amplia sonrisa que subraya el tono jocoso del comentario.

 

Fama siente celos de Sonia. Ambas lo niegan, pero Juan Laguna captó con su cámara miradas, soledad y resentimientos que dan cuenta de que las tradiciones, por ancestrales que sean, no preparan a las personas para compartir el querer.

 

Pero puede quizá, como apunta este novel director de cine, que la poligamia sea mala, pero las personas que en ella conviven no tienen por qué serlo.

 

Dos días en la habitación de una, dos días en la de la otra. “Sonia tiene que esperar a España; en Senegal no cuenta”. Lo dice la madre de Fama Diouff, Yemou Guei, en el documental de Juan Laguna.

 

Y la española acepta sin remilgos. “Cómo Pap trata a sus mujeres lo sabe todo el mundo mejor que yo; yo no, yo no quiero verlo; me siento tratada especialmente, quizá ellas también se sientan tratadas especialmente, o no”.

 

Pero lo verdaderamente difícil para esta mujer, en una historia ya de por sí lacerada, no pasa sólo por repartirse el marido, sino también por “no compartir un proyecto de vida con la persona a la que amas”.

 

Está el profesional –“que es muy sólido”, reconoce-, pero el personal... “el personal lo tiene con otras personas”, dice y, sin separar la mirada de su interlocutor, sentencia como para concluirlo todo: “Cuando algo te parece imposible y te toca vivirlo, hay que hacerlo de la mejor manera posible”.

"Un día se lo solté a mi madre: 'Tengo novio, es negro, tiene dos esposas y me voy a casar con él'. Preferí contárselo de golpe. Yo, nacida en Madrid en 1973, no había cumplido los 23, no tenía padre y siempre había sido hija modelo.

 

Ella me conocía; sabía que no era una cabeza loca, así que pensó: 'Es el calentón del enamoramiento'. O quizá era por ayudarle, por los papeles... Pero no. Me casé a conciencia. Enseguida se lo presenté. Al principio no podía quererle, pero ahora le adora.

 

¡Es que conoces a Pap y te engancha! Los senegaleses son así. Con ese lenguaje de paz que poseen. Corría 1997. Fuimos al registro civil y ya. Soy bailarina de africano y oriental; doy clases en la escuela de Gloria Alba y en otras, y recuerdo que ese día de boda no hubo ni fiesta porque tenía actuación en Badajoz.

 

Al volver, le llamé, porque era como: '¿Y qué hago ahora?, ¿adónde voy? Ya somos un matrimonio...'. Luego me casaron por el rito musulmán. Van los hombres, yo ni me enteré.

 

 

La huella de la poligamia.- El Muni.
La huella de la poligamia.- El Muni.
La huella de la poligamia.- El Muni.
La huella de la poligamia.- El Muni.
La huella de la poligamia.- El Muni.
La huella de la poligamia.- El Muni.

La huella de la poligamia.- El Muni.

Mi marido, Pap Ndiaye, va a cumplir 43 años; es griot, la casta de los artistas y músicos, los trovadores, los jóvenes eternos; él es una persona ni de aquí ni de allá; un espíritu libre con un fortísimo lazo familiar. No habla bien español, a pesar de llevar tanto aquí; está por trabajo y, emocionalmente, por mí. Culpa mía. Nunca le obligué. Hasta en eso soy poco madre.

 

No, no tenemos hijos. No quiero. Si quisiera, él sería feliz. Él se ve cubierto en lo paternal. Tiene seis con sus dos mujeres senegalesas, Kiné y Fama. La primera es de mi edad; Fama, más joven. Pap suele ir a Senegal una o dos veces al año. Pasa meses. Yo le acompaño. Me encanta Senegal, y Louga, su ciudad. La primera ocasión, ya casados, fue en 1999. Resultó muy duro para mí.

 

Coincidió con el bautizo del primer hijo de Fama. Ella lo pasó fatal con mi boda; fue un mes después de la suya. Entre eso, el parto complicado y que yo llegaba... Pero yo me sentía aún peor. Me quedé ocho semanas.

 

Ni bailar pude. Porque si voy y bailo, como hago siempre ahora, lo demás se anula; para mí bailar es una necesidad física, me salva de la locura. Pap no se daba cuenta de nada. Ni se planteó que tuviera que ayudarme a adaptarme. Nada. Hizo su vida, y punto. Ellos son así... Ya me he acostumbrado.

 

Y él ha aprendido. Hoy, si me ve cabizbaja, se acerca a socorrerme. Pero entonces no. Uf, no había nadie en quien confiar. A mi madre no la hacía partícipe... ¿para qué darle detalles? Hubo un momento en que tomé la decisión de no contar nada.

 

La gente te juzga muy rápido. Me decían: 'Loca, ¿dónde te metes?'. Amigos, familia... Una superprotección que no deseaba. En general, en nuestra cultura nos dejamos influir por los prejuicios. Si no estás casado, con hijos y coche, no triunfas. Yo veo más opciones.

 

¿Cómo nos conocimos? Sus hermanos eran mis profesores. Tenían un grupo de percusión, Livika. Yo era fan total. El padre de Pap fue famoso, el griot del presidente. Hizo giras por Europa. Vino a España y varios de sus 20 hijos se quedaron. Y aquí siguen.

 

A Pap le conocí en una clase. Nos movíamos por Lavapiés, quedábamos a tomar té y allí estaban todos ellos, de charla, desparramados en el sofá. Sabía que estaba casado. Me lo contó. Me tiraba los tejos, pero yo no era receptiva.

 

Todo cambió al viajar yo a Senegal en 1996, una excursión organizaba por sus hermanos... Fuimos a Louga con su familia. Me encantó. El ambiente, el color, la luz... Me enamoré de todo y de todos... Conocí incluso a Kiné, la primera esposa de Pap.

 

Es curioso, la idea de la película Princesa de África surgió años después igual: con un viaje a Senegal de Juan Laguna, el director. Él también conocía a Pap de su grupo. Fueron en 2005 en busca de una historia musical, y al visitar a la familia descubrió que la historia estaba ante sus ojos: cuando Kiné, Fama y los críos le preguntaban: '¿Y Sonia? ¿Y Sonia?'.

 

Lo visualizó: dos esposas senegalesas y otra española. Dos allí; una en Madrid. ¿Cómo lo viviría yo? Cuando regresó me dijo: 'Siéntate, te quiero proponer algo'. Juan afirma que en la película las mujeres somos cinco: nosotras tres, Marem (hija adolescente de Pap, la narradora) y la danza.

 

Sin danza nada habría sucedido. Pap y yo tenemos la implicación sentimental, claro, pero sin la profesional no seríamos nada. ¿Qué he ganado con la película? De algún modo he querido reivindicar mi libertad, la de elegir.

 

Pap dice que conmigo él lo tenía claro desde el principio; había intentado ligar con otras, sí; aquí están solitos, lo intentan siempre... Como una hormiguita, me conquistó. La verdad, yo no pensaba que la cosa llegaría a tanto.

 

Me limité a vivirlo. Un día me preguntó si quería casarme. Por dos razones: papeles y religión, por tranquilidad; no ven bien el sexo sin matrimonio. Dudé, pero me dije: 'Vale, si no voy a modificar mi vida, qué más da'. Ellos, además, tienen esa concepción tan seria de las relaciones, del sexo, ese respeto a los padres... Eso a mí me gusta; nosotros hemos perdido aquí ya mucho esos valores.

 

En mis visitas a Louga no tengo derecho a dormir con Pap. Es la norma. Ya le tengo en Madrid. Y no resido en la misma casa que Kiné y Fama. Nunca lo hice, nunca lo hago. No quiero. No podría soportar oírle decir 'buenas noches' y que se fuera con otra.

 

Si estoy lejos, lo aguanto; si no, no. Por el día lo paso bien; por la noche, fatal. Él viene a verme, sí, pero no se queda. Kiné y Fama son rivales, sí, pero su relación es fraternal. Están juntas siempre; se cuidan los hijos. Las tres tenemos celos, claro. Pero Pap no permite malos rollos.

 

Y en Senegal no hay esas vueltas de aquí, esa maldad. Y si existe, queda entre mujeres. Nos parecemos mucho Kiné y yo, hasta en los rasgos; soy muy árabe, morena, delgada, pero con curvas. La gente allí me llama 'la Kiné blanca'. Con Fama nunca tuve relación. No habla francés. Ésa es una razón.

 

Ahora que he madurado la comprendo más, la veo con ternura. Yo no soy rival para ellas: piensan que Pap, al no tener yo hijos, nunca se quedará conmigo; regresará. Yo no podría vivir en Louga, ni en Dakar. ¿Y si Pap deja España? Pues, adiós. Pero aún no va a irse, debe sacar adelante a sus hijos, se marchará cuando envejezca.

 

Cómo viven ellas los celos no lo sé. Sólo puedo hablar de mí. Lo peor es la imaginación. Tan dañina. Lo que hace dos días con una, dos días con la otra. En habitaciones contiguas. Visualizarlo es brutal. Lo evito. Intento pensar en lo que compartimos, estar activa.

 

Si viviera con ellas me desesperaría. Un día me decían: 'Si ya estás aquí, ¿por qué tenemos que cocinar nosotras?'. Y yo: '¿Pero no os acostáis con él? ¡Pues haced-le la comida!'. Se reían.

 

Pero aún más al hablar de sexo, lo hablan mucho, en grupo, con pelos y señales... ¡Ríete de la liberación sexual! En ese primer viaje me montaron una encerrona. Para impresionarme. Me mostraban su ritual con el marido ('Debes hacerlo así y así'), qué ropa usar, los gestos, el perfume...

 

Yo no me corté: 'Ah, no, pero mirad, yo no lo hago así'. Me inventaba posturas. Se morían de risa. Y las ves tan hermosas, con ese gesto altivo, que no es tal. A veces te sientes fatal. Yo he vivido muchos momentos pensando: '¿Qué hago aquí? No valgo para nada...'.

 

Debes blindarte para no sucumbir al desaliento. ¡Y hay tantos códigos culturales que lo hacen todo tan difícil! En la manera en que satisfacen a las mujeres, por ejemplo: allí es dándoles dinero; aquí yo me mantengo, sólo le pido atención, cariño, que cubra necesidades afectivas.

 

Con Pap he aprendido algo: a pedir. De él no salía dar. No tenía ese registro. No ve lo que me pasa si no le cuento. Porque las mujeres allí les ocultan sus cambios emocionales. Aquí somos más cómplices.

 

Ellas al hombre lo cuidan, hacen de madres... Yo eso lo dejé claro el primer día: no estoy aquí para servirle. Él lo sabía. Se adapta. Respetó desde el principio lo que le decía, atendió a cada frase y sentimiento, aunque no lo comprendiera.

 

Él se ha abierto a esta cultura a través de mí... Al mostrar yo mis sentimientos, pues él también cuenta ya lo que le emociona o afecta. Hasta llora.

 

Lo de la poligamia como tal me importó al principio. Pero, tras pensarlo y asumirlo, quedó superado. Luego ya ni lo ves raro. Piensa que me casé en 1997. Entonces lo africano sí era raro. Ahora casarse con ellos es más habitual.

 

Ellos también han cambiado. Y depende de la procedencia: no es lo mismo ser de Louga que de Dakar. En la capital tener más de una esposa es atípico; es más, cuando se estrenó allí el filme en enero, los espectadores se preocupaban por la imagen del país. 'Senegal no es así', decían.

 

Verme en la pantalla es extraño. No soy actriz. Soy una persona normal. Es mi vida. Salgo ahí, viviéndola. A pedazos. Muy bien contada, muy hermosa, con felicidad y sufrimiento... Sí, he tenido y tengo muchos ratos de desesperación, de tristeza, de rebeldía, pero nunca dudas del amor que siento.

 

Todo se me pasa al ver a mi marido. Siento que hay una conexión, que lo que tenemos que aprender el uno del otro no ha terminado. Cuando eso suceda nos separaremos, y no tendrá que ver con sus mujeres, sino con nosotros.

 

¿Podría tener yo otros maridos? Uf, le chincho con eso y se pone malo. ¿Y qué pasaría si él tomara esa cuarta esposa que su religión le permite?

 

Uf, aquí tampoco tengo dudas. Una cosa es aceptar su pasado, y otra, que elija y quiera a alguien después de mí, para el futuro. Pasaríamos entonces a otro nivel. Con todo el dolor de mi corazón, seríamos sólo amigos".

Fuente: www.tiempodehoy.com; Marta Molina

Edición: Bk

 

 

 

 

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